viernes, 19 de diciembre de 2008

Capacidad para conocer y esperar

Estamos en una sociedad en la que los mensajes apelan a la gratificación sensorial y sensual a través del consumo. Se resalta lo brillante, lo rápido, lo nuevo, el cambio. Lo lento se bota y lo estable se descarta. Domina lo resuelto, lo fácil, lo eficiente. Se busca el goce y la inmediatez, en oposición con el esfuerzo y la gratificación del logro paso a paso.

Existe una tremenda exigencia de triunfo permanente, los avances tecnológicos permiten que uno, sin moverse de su casa, pueda comunicarse con personas del otro lado del mundo, lo que implica un enorme avance en velocidad de la comunicación por un lado, pero un cambio importante en cuánto nos enteramos y sabemos del otro.

Detenerse para mirar a otro, distinto, separado de mí, implica por un momento dirigir la mente, detenerse, parar. Calzar zapatos ajenos, ya sea de un hijo, una pareja, un colega requiere esfuerzo mental. Escuchar detenidamente a otro sin inundar con lo propio, implica saber esperar, darse el espacio para sintonizar con ‘el’ alguien diferente, distinto de mí. La tendencia automática es casi no escuchar y suponer lo que el otro siente y piensa, pasando por alto los aspectos ajenos del interlocutor.

Queremos tener las respuestas a la mano para no hacernos cargo de lo que implica no saber, la falta de certeza nos angustia. Desconocer y desde allí ir construyendo una respuesta con propiedad y sustancia requiere la confianza interna: de a poco el puzzle se arma.
Conocer y saber de otro y de nosotros mismos toma tiempo, a veces queremos crecer y llegar al final de la escalera sin darnos el espacio y tiempo de realizar el proceso que implica subir escalón por escalón.

Subir muy rápido puede ser peligroso, se necesita paciencia para llegar ahí donde creemos que queremos estar. Detenerse en un escalón a reflexionar y pensar puede ser una importante inversión, pero estamos tan apurados que se nos olvida disfrutar el transitar de una etapa a otra.
Ir re-conociendo y re-elaborando lo que queremos, en estos tiempos tan apurados, es una lucha contra la corriente de una sociedad que nos empuja a hacer y hacer sin detenernos reflexionar.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

La difícil tarea de hablar de sexualidad

Ésta es una temática cada vez mas importante de abordar pues, estudios en Chile muestran que el 33% de los adolescentes empieza su actividad sexual entre los 15 y los 18 años, y un 31% la tiene desde los 15 años o menos. Aquí algunas sugerencias que puedan facilitar las cosas.
Es muy importante darles la oportunidad a los jóvenes de hablar de sexualidad cuando ellos lo necesiten, no cuando uno como adulto lo decida. Para ello es importante mantener una comunicación cercana desde la niñez .Estar alerta de lo que los hijos están requiriendo conversar.

A veces, los niños o jóvenes que no preguntan, se están ahogando en dudas, incluso pueden estar siendo expuestos a un abuso sexual. La primera herramienta para combatir el abuso sexual es: la educación sexual y esa responsabilidad de los padres.

El sólo hecho de no estar hablando de sexualidad con los hijos es ya una forma de educación sexual. Durante mucho tiempo hubo la idea de esperar a que fueran los hijos quienes hicieran las primeras preguntas para comenzar a darles educación sexual; hoy se plantea que, los padres abran ese espacio de conversación, como parte de la educación.

Es recomendable buscar las palabras más sencillas para explicar el tema. Tener libros de sexualidad en la casa familiariza y facilita aprender a hablar con naturalidad. Leer libros dirigidos a niños o adolescentes favorece que los adultos conozcan el lenguaje apropiado para llegar de manera más fácil a los hijos. Primero es necesario leer para despejar y discutir las dudas en pareja. Luego, ésta puede ser una actividad que se realice con cada hijo por separado, según su edad y necesidades personales respecto del tema, porque a menudo se requiere privacidad.

Si sólo se gratifica a los hijos cuando hablan de otros temas que no sea el sexual, entonces se le está enseñando que es válido hablar de todo menos de sexualidad. O lo que es peor, los hijos pueden interpretar que, es tan feo o tan sucio, todo lo que tiene que ver con la sexualidad que, por eso, no hay que hablarlo. Esto no impedirá que tengan la experiencia, pero quizás sí les faltará responsabilidad y los conocimientos adecuados. Las personas que tienen autoaceptación, autorespeto y autoconfianza suelen ser aquellas que hacían preguntas y se les respondía; esto les ayudó a tener conocimiento, confianza e ir formando su propio criterio.

Si el tema provoca pudor o como padres les es difícil hablarlo es conveniente que los hijos lo sepan. Esta es una instancia para conocerse mutuamente, por ello es recomendable que, los hijos adolescentes sepan algunas de las dificultades de los padres en estas áreas y la educación sexual que estos recibieron. Sin perder la noción de que se le contará al hijo lo que es necesario para su edad, no se trata de una conversación de amigos.

Es importante decir siempre la verdad. Si no se sabe es fundamental informarse. Muchos padres temen no saber dar respuesta a los cuestionamientos que les hacen. Los hijos saben diferenciar bien, cuándo se está ocultando información y cuándo, de veras no se sabe la respuesta. Puede ser muy nutritivo buscar información juntos. Esta es una manera de ir conociendo en qué está el hijo, que precisa saber, qué lo tiene asustado o confundido, qué teme preguntar. Es fundamental entregar la información que le hace falta al hijo en ese momento, no saturar de conocimientos; hay que ser perceptivo y entregar lo que él está solicitando y necesitando.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

Desconectados de si mismos

Es frecuente que los jóvenes acudan a la consulta y planteen lo siguiente: “estoy desorientado, revuelto, no sé que estudiar, estoy perdido, no se me ocurre qué voy a hacer, estoy desmotivado.”

La desorientación vocacional, muchas veces, es un síntoma que plantea que lo más probable es que en ese paciente no se ha consolidado, aún, el trabajo de elaboración de la propia identidad; tarea que se desarrolla en forma intensa, durante la etapa nuclear de la adolescencia.

En el último tiempo, los padres han flexibilizado los roles dentro de la familias y se ha avanzado en cercanía e inclusión en el vínculo con los hijos, pero este modelo de crianza ha producido como consecuencia indeseada una falta de diferenciación entre padres e hijos que afecta profundamente el proceso madurativo y la salida al mundo exterior de los hijos, trayendo graves consecuencias en la organización y maduración de sus intereses vocacionales y de su posibilidad de entrega y compromiso con la situación de aprendizaje.

Cuando los padres tratan a sus hijos como iguales o responden a su natural enfrentamiento adolescente en forma simétrica, producen en los hijos un efecto de desubicación que los coloca en un lugar de partida del cual no logran estar verdaderamente motivados para aprender. “Si yo soy tan grande como mis padres, ya sé, por lo tanto no tengo mucho para aprender”. Estudiar en este caso, pasa a ser más una obligación o necesidad impuesta por las dificultades del medio que una verdadera motivación hacia el estudio; los intereses vocacionales que aparecen a partir de allí son frágiles e inconsistentes.

Una de las consecuencias más graves y desconocidas de la simetría en el vínculo entre padres e hijos es la distancia emocional a la que recurren los jóvenes ante la falta de límites, para buscar una protección frente a los impulsos de la adolescencia, que luego los deja distantes y desconectados de sí mismos como para percibir los propios intereses vocacionales.

A partir de allí no pueden percibir con claridad sus propios intereses vocacionales, ni tener un registro claro de sí mismos, ni entusiasmarse, ni apasionarse justamente porque han quedado desconectados.

Si el adolescente no se conoce, le resulta muy difícil tomar una decisión creativa desde adentro, como algo original de si mismo. Se requiere realizar un trabajo psicoterapéutico, para que el joven se vaya entendiendo y reconozca sus distintos aspectos pudiendo diferenciarse de los padres y los compañeros de grupo.

También es necesario ayudar a los padres en asumirse como figuras protectoras y cercanas que permita al joven la salida de las situaciones fóbicas que provoca el aprendizaje. La recuperación del contacto comunicativo con los padres asumiendo las jerarquías y los limites permite la salida de la desconexión emocional y la fantasía de fusión, posibilita la reconexión emocional consigo mismo y la distensión necesaria para poder percibir los propios intereses vocacionales.

La culpa materna como posibilidad de reparación

Muchas veces se experimenta culpa en relación a como se ha actuado o a lo que se siente respecto de los hijos. El mirar las acciones y sentimientos de manera sincera y genuina, otorga una la posibilidad de conocer lo que ocurre internamente con los hijos. Es importante que estos pensamientos y emociones se encaminen a una posición reflexiva, que abra la posiblilidad de cambio.

No se trata de observarse como madre para enjuiciase. La idea es realizar un trabajo comprensivo que despierte los sentimientos amorosos, hacia si mismo, pues son éstos los que darán la fuerza necesaria para enfrentar lo que se siente como un error en la relación con los hijos y genera culpa.

La capacidad de experimentar culpa es propia de la mente humana y es necesario entenderla como una herramienta que abre camino a la reparación. Se puede describir lo que sucede con la culpa como una lucha entre dos aspectos de nuestro mundo interno. Una parte, la consciente, permite el reconocimiento de que se ha actuado (o pensado) mal. Esa es la parte que involucra nuestro razonamiento y la capacidad de ponernos en el lugar del otro.

Y está el otro aspecto, menos consciente (o inconsciente), el de las experiencias y valores incorporados en la niñez , donde residen los ideales en cuanto al tipo de madres que deberíamos ser, que es una madre idealizada, y que a veces se transforma en el juez más exigente y cruel.

A veces los sentimientos de culpa son tan poderosos que las madres buscan, inconscientemente, "pagar" por el daño que, real o imaginariamente, han provocado y se castigan muy severamente.
El dolor mental que provoca el posible daño causado a los hijos puede ser fuente de crecimiento o deterioro. Si la culpa es utilizada sólo para la recriminación está siendo utilizada destructivamente, pues se trata de que ésta ponga en marcha la creatividad para generar cambios en la relación con los hijos.

Ahora bien, la reparación en la relación con los hijos pasa por hacerse cargo de la limitación propia, tomar conciencia de que la mamá no es omnipotente, de que es un ser lleno de limitaciones y que no puede hacer más que lo en ese momento pudo hacer. Es a partir de ahí que, en la mente, se puede indagar en las distintas alternativas de reparación.
Mostrarse como una madre que puede reconocer los errores, sentir culpa y, desde ahí reparar, sin que esto implique generar un fuerte auto reproche, puede ser de gran utilidad para los hijos, pues permite utilizar la culpa como fuente de reparación.